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EL PRIMER BESO

El primer beso Clarice Lispector Más que conversar, aquellos dos susurraban: hacía poco que el romance había empezado y andaban tontos, era el amor. Amor con lo que trae aparejado: celos. —Está bien, te creo que soy tu primera novia, me pone contenta. Pero dime la verdad: ¿nunca antes habías besado a una mujer? —Sí, ya había besado a una mujer. —¿Quién era? —preguntó ella dolorida. Toscamente él intentó contárselo, pero no sabía cómo. El autobús de excursión subía lentamente por la sierra. Él, uno de los muchachos en medio de la muchachada bulliciosa, dejaba que la brisa fresca le diese en la cara y se le hundiera en el pelo con dedos largos, finos y sin peso como los de una madre.  Qué bueno era quedarse a veces quieto, sin pensar casi, sólo sintiendo. Concentrarse en sentir era difícil en medio de la barahúnda de los compañeros. Y hasta la sed había empezado: jugar con el grupo, hablar a voz en cuello, más fuerte que el ruido del motor, reír, gritar, pensar, sentir... ¡Caray! Cóm...

Los muertos tienen sed

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   H ace mucho tiempo, un par de jóvenes fueron a dar un paseo por tierras desconocidas.   Acababan   de   llegar   a  este lugar nuevo, cerca de Quinindé. Sus familias, por motivos económicos, tuvieron que dejar su ciudad natal para irse a vivir lejos de donde habían crecido.     Los jóvenes salieron temprano en la mañana para conocer esas tierras extrañas. Estaban muy asombrados de lo bonito que  era todo y no se percataron de que se habían alejado mucho de la casa. Se había hecho tarde, entonces, decidieron regresar, pero no sabían cómo hacerlo.      Continuaron caminando y encontraron un camino familiar, uno por el que habían pasado antes. Luego de unos minutos, notaron que era muy diferente, pues a la orilla había un baño muy viejo. Ellos, cansados y sedientos, no vieron otra opción que entrar para ver si   encontraban algo de agua. ...

La casa de al lado

  Con el sol en su último punto del día, estábamos reunidos en la casa de mis abuelos. La polvorienta y rudimentaria sala tenía muchas plantas, que cubrían todo el perímetro. Un primo mío tenía alergia al polvo. ¡Achís! Sonaba cada cierto tiempo en la espaciosa sala. Mi primo impertinente preguntó: —¿Por qué las macetas están amarradas a las paredes? Y todos guardaron silencio, un silencio de complicidad, un silencio escalofriante. Voy a contarles una historia muy peculiar —dijo mi abuelo. —¿Estás seguro? —preguntó un tío con cierta cautela. —Lo van a disfrutar Gonzalo —y con esas palabras hizo entender que contaría la misteriosa historia. Mi tío se quedó mirando al vacío, quizá, recordando un pasado que prefería no recordar. Hace mucho tiempo, cuando sus paredes estaban en excelente estado, compramos esta casa. Tu abuela y yo queríamos un lugar espacioso y esta casa esquinera cumplió con nuestras expectativas. Po...

Las criaturas del más allá

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  Estaba escribiendo lentamente en la máquina. Entre paredes, un envolvente aire que entraba desde la ventana y el chillido que hacía la puerta al abrirse y cerrarse eran lo único que me acompañaba. Eran exactamente las 7:26 de la noche. Yo redactaba un ensayo que tenía que presentar el día siguiente en mi trabajo, dependía de él para asegurar mi puesto. En la oscuridad de mi habitación, meditaba sobre cada palabra del escrito. De pronto, a lo lejos, se  escuchó un estremecedor grito que me dejó desconcertado; sentí un aire helado que recorría cada centímetro de mi cuerpo y me provocaba un extraño cosquilleo. Me levanté y miré fijamente por la ventana, me acerqué en búsqueda de algo que en realidad no sabía qué era. Cuando reaccioné, regresé para seguir en mi ensayo, pero sentía que alguien me miraba, me vigilaba… Me detuve por un momento y recordé el espeluznante grito...